El viaje había sido una cadena continua de desastres pero Han esperaba que, como la cadena de su bicicleta, se rompiera pronto para dar paso a un problema mayor e inevitable. En ese momento el cielo dejó caer una pesada lluvia que no hizo sino reforzar aún más su precaria situación. Los elementos y la pesada carga que transportaba hicieron mella en sus fuerzas y pronto se vio incapaz de seguir pedaleando. Hundió los pies descalzos en el barro y empujó la bicicleta para seguir avanzando por el desdibujado camino.
Cegado por la lluvia y con la razón nublada por el cansancio, pero guiado con mano firme por el desastre, tomó un camino que se retorcía y bifurcaba cada pocos pasos. Finalmente el campesino comprendió que nada podía contra su destino, resignado levantó la mirada del suelo y allí mismo lo halló.
Una antigua y destartalada granja se alzaba como la Roma de todos los caminos que le habían llevado allí. El agua surgía a borbotones de los canalones formando una cortina de agua alrededor de la casa. Pero no sólo desolación escapaba de aquellos muros, una débil luz se filtraba entre las rendijas de las paredes. Han miró consternado el espectáculo que se le ofrecía bajo la lluvia, pero decidió llamar y pedir cobijo.
Una anciana arrugada y de pequeñas dimensiones acudió a la llamada de Han. Le miró durante unos instantes como recordando el significado de palabras largamente olvidadas y con gesto hosco le franqueó la entrada.
Una gran tetera humeaba en el hogar de leña que calentaba e iluminaba débilmente la estancia. Han introdujo la bicicleta bajo techo y se sentó cerca del fuego. La anciana arrojó algunas hojas de té en una pequeña tetera de metal y se sentó en cuclillas en una silla de bambú. Han levantó la mirada hacia el techo, esperando ver las filtraciones de agua, y se percató de un inesperado reflejo en el techo.
- ¿ De qué es el reflejo ?
- Hay un pequeño estanque en el exterior. Pero ahora no, llueve mucho.
Pasaron la noche en silencio, bebiendo té y escuchando como la tormenta golpeaba sin piedad los frágiles muros de la granja. Pero finalmente la tormenta cedió a un leve chispear, y el cielo amaneció plomizo. Han salió al exterior para llenar los cubos con agua del pozo, y a la vuelta decidió visitar el estanque.
Vio su rostro reflejado, ligeramente distorsionado por la llovizna, él sabía que no era un hombre mayor, pero su rostro erosionado y surcado de arrugas le otorgaban más años de los merecidos. Entonces algo en la superficie captó su atención, una suerte de peces blancos nadaban cerca de la superficie. Extrañado se incorporó e interrogó a la anciana con la mirada.
- No son peces - dijo la anciana mientras servía té caliente.
- Entonces tía ... ¿ qué son ? -
- Si te fijas con más atención podrás verlo por ti mismo. Bebe té.-
Han tomó el té de las manos de la anciana, caminó algunos pasos y se acercó a la superficie. Los peces le rehuyeron pero poco a poco se fueron acercando de dos en dos. Pronto notó que los peces se comportaban de modo extraño, su movimiento en el agua llevaba algún tipo de lógica oculta que le resultaba vagamente familiar. Siguió mirando dispuesto a saciar su curiosidad.
Ahora la superficie no devolvía su reflejo sino una imagen que era incapaz de comprender. Formas desconocidas crecían de forma pulsante dentro del lago. Pero las formas tenían una lógica, pronto comprendió que se trataba de edificios. Ante sus ojos crecían y menguaban superponíendose entre sí, veía dentro y fuera de ellos. Pero no sólo eran edificios, pronto notó que también había personas, animales, máquinas y todo tipo de cosas que no comprendía. El lago se comportaba como un gran cuchillo seccionando una realidad que estaba allí pero que no podía tocarse.
Apartó la vista, miró a la anciana y pudo verla a lo largo de todos los días de su vida. A su alrededor la granja se deconstruía y construía, las montañas se alzaban y colapsaban, el mar lo cubría todo y el sol abrasaba los huesos de dragones sobre un desierto rojo.
Han miró sus manos y eran jóvenes y fuertes de nuevo, eran ancianas y decrépitas, le faltaban varios dedos pero tenían el tamaño de las de un bebé, sostenían a su hijo, una hoz, un arma y el rostro de su mujer fallecida. La realidad se mostraba tal y como era, y el ahora no era más que una cruda sección cuyo único fin era simplificar el mundo a los limitados sentidos humanos. El conocimiento le inundó, y dejó de ser Han para ser todos a lo largo del tiempo.